ADIN es una pequeña asociación situada en el corazón del Campo de Montiel, una comarca rural de la provincia de Ciudad Real formada por 17 municipios afectados por la despoblación, el envejecimiento y la escasez de recursos sociales y comunitarios. La entidad gestiona dos viviendas con apoyo donde conviven 17 personas con discapacidad intelectual, promoviendo un modelo de vida en comunidad basado en la autonomía, la participación y la inclusión real.
Hace aproximadamente un año, ADIN inició una colaboración con el BANCO DE ALIMENTOS de Ciudad Real y los Servicios Sociales de la zona, para gestionar el reparto de productos alimentarios a familias en situación de vulnerabilidad social. Lo que comenzó como una acción puntual de apoyo comunitario ha evolucionado progresivamente hacia una experiencia innovadora de sostenibilidad social y ciudadanía activa liderada por personas con discapacidad intelectual.
Actualmente, las propias personas residentes participan de forma directa y activa en todo el proceso: recogida de alimentos en la sede provincial, clasificación de productos, preparación de lotes adaptados a las características y necesidades de cada familia, organización logística y distribución domiciliaria en diferentes localidades de la comarca. En los últimos meses, el proyecto se ha extendido a distintos municipios del Campo de Montiel, alcanzando ya a más de 20 familias beneficiarias.
La innovación de esta práctica reside especialmente en el cambio de rol que protagonizan las personas con discapacidad intelectual. Tradicionalmente consideradas únicamente receptoras de apoyos o cuidados, pasan a convertirse en agentes activos de solidaridad, apoyo mutuo y transformación comunitaria dentro de un entorno rural. La práctica rompe con modelos asistenciales tradicionales y sitúa a las personas con discapacidad en un papel socialmente valorado, visible y útil para su comunidad.
El proyecto genera además un importante beneficio mutuo. Por un lado, las personas participantes desarrollan competencias personales, sociales y organizativas relacionadas con la responsabilidad, la autonomía, la comunicación, la toma de decisiones y el trabajo en equipo. Pero, sobre todo, experimentan un profundo incremento de autoestima, sentimiento de utilidad y reconocimiento social, al comprobar que su participación tiene un impacto real y positivo en la vida de otras personas.
Por otro lado, se produce una interacción comunitaria especialmente enriquecedora entre las personas con discapacidad intelectual y familias en situación de vulnerabilidad social, muchas de ellas afectadas también por la precariedad, el aislamiento o la soledad en el medio rural. Esta relación genera espacios de cercanía, empatía y apoyo mutuo que transforman la percepción tradicional de la discapacidad, favoreciendo relaciones más horizontales, humanas y basadas en la reciprocidad.
La práctica contribuye así a fortalecer redes comunitarias, crear alianzas territoriales sostenibles y construir una comunidad más cohesionada e inclusiva, donde las personas con discapacidad intelectual dejan de ocupar exclusivamente espacios de atención para convertirse en protagonistas activos del bienestar colectivo.