Esta buena práctica tiene como objetivo principal promover el ejercicio efectivo del derecho a vivir de forma independiente y a ser incluido en la comunidad por parte de jóvenes con discapacidad intelectual, especialmente aquellos en situación de vulnerabilidad o riesgo de institucionalización. A través de una intervención integral, se facilita la toma de decisiones informadas, el acceso a apoyos personalizados y la conexión con entornos comunitarios significativos.
La práctica se basa en el reconocimiento pleno de la capacidad jurídica de todas las personas (artículo 12 CDPD), entendiendo que toda persona tiene derecho a tomar decisiones sobre su vida, incluso cuando necesita apoyos para hacerlo. Esto implica el desarrollo de sistemas de apoyo a la toma de decisiones, donde se prioriza la voluntad, las preferencias y los valores personales frente a los juicios de terceros o decisiones sustitutas.
En la fase de valoración, además de aplicar herramientas técnicas, se realiza un ejercicio profundo de escucha activa y acompañamiento continuado. El objetivo es comprender no solo lo que la persona quiere en un momento puntual, sino también su historia de vida, sus sueños, sus miedos y su manera de entender el bienestar.
Para ello, se incorporan estrategias que facilitan la accesibilidad cognitiva: documentos en lectura fácil, materiales visuales, apoyos tecnológicos (como asistentes de voz o apps adaptadas) y espacios tranquilos donde puedan expresar sus pensamientos sin presión. En muchos casos, se utilizan puentes de comunicación adaptados al estilo de cada persona, como pictogramas, apoyos gestuales, acompañamiento emocional o dinámicas experienciales.
La clave está en crear relaciones de confianza que permitan interpretar adecuadamente la voluntad de la persona, incluso cuando no se expresa de forma verbal o lineal. El respeto a sus tiempos, el acompañamiento sin juicios y la validación constante son elementos centrales de esta metodología.
El modelo de apoyo a la toma de decisiones aplicado en esta práctica no parte de la simple instrucción o asesoramiento. Se trata de un proceso dialógico, donde el profesional acompaña a la persona en la exploración de sus opciones, comprendiendo sus motivaciones y ayudándole a valorar riesgos y consecuencias, sin imponer nunca una dirección única.
Esta forma de trabajo requiere un cambio cultural profundo en los equipos: dejar de tomar decisiones “por el bien” de la persona, para empezar a reconocer su derecho a equivocarse, a cambiar de opinión y a vivir según sus propios valores. Esta perspectiva refuerza la autonomía, pero también mejora la calidad de los apoyos, al estar mejor alineados con lo que realmente desea la persona.
Además, se fomenta la participación activa en todas las decisiones relacionadas con su vida, desde la elección de vivienda hasta la gestión del tiempo libre o las relaciones sociales. Para ello, se generan contextos donde puedan entender la información relevante, comparar alternativas y expresar sus preferencias con apoyo si lo necesitan.
Uno de los aprendizajes más relevantes es que el respeto a la voluntad y preferencias de las personas no es solo una cuestión ética o legal, sino también una estrategia de intervención eficaz. Cuando los apoyos se diseñan desde la escucha auténtica y la participación activa, las personas se sienten más motivadas, seguras y comprometidas con sus propios procesos.
Esto implica desarrollar metodologías donde la accesibilidad cognitiva y comunicativa no sea un añadido, sino un elemento estructural. Desde la forma en que se diseñan los planes de apoyo hasta cómo se explican los derechos o se revisan los avances, todo debe estar adaptado a los códigos y capacidades de comprensión de cada persona.
En este sentido, el proyecto plantea una transformación del rol profesional: pasar de ser cuidadores o gestores a ser facilitadores de decisiones, intérpretes de contextos, mediadores entre deseos y posibilidades, y constructores de puentes de comunicación auténticos.