Esta práctica nace desde una certeza: la autonomía no se garantiza evitando los riesgos, sino acompañándolos con sentido, escucha y apoyos reales. En 2023, tras la pérdida temporal en algo más de un mes de tres personas con discapacidad intelectual mientras usaban transporte público, surgió la necesidad urgente de repensar los sistemas de apoyo a la movilidad para no retroceder hacia fórmulas más segregadas.
Se desarrolló un enfoque basado en la personalización de apoyos, el uso ético y accesible de la tecnología, y la creación de procedimientos claros que permiten actuar con agilidad ante situaciones de riesgo. El proceso se estructuró en cuatro fases: análisis participativo, elaboración de protocolos, formación técnica con familias y definición de planes personales de apoyo a la movilidad.
Más de 200 personas han sido parte activa de este cambio, recuperando la confianza en su capacidad para moverse por la ciudad con libertad. La experiencia demuestra que, a veces, saber perderse es parte del camino para aprender a moverse con autonomía.